Tómbola
María es un sol que ha girado 68 primaveras en torno a su familia. Cada verano desciende desde Zaragoza a tierras de Badajoz para rescatar a la niña descalza que un día fue. En los atardeceres de su pueblo recuerda los primeros encuentros con su marido, sus paseos por las eras, sus bailes, sus dedos entrelazados… pero también las nubes y claros de su vida en Zaragoza. A pesar de todo, María, lo tiene claro, ha tenido mucha suerte… y es que la vida es una tómbola.
Construyendo una vida
Vicente se ha construido su vida esfuerzo tras esfuerzo. Su empeño en aprender y buscar las mejores oportunidades para él y su familia le han convertido en un hombre feliz. Azotado por las miserias de la guerra civil, tuvo que abandonar la escuela y luchar en la vida desde bien pequeño. Hace ya tiempo que dejó su trabajo como albañil y profesor en un centro social, pero no ha dejado de estar activo. Ahora vuelca toda su vitalidad como profesor de informática en un centro de Mayores.
Versos e ilusiones
María Grande Machio es una poetisa que no sabe leer ni escribir, la propia vida ha sido su verdadera escuela. Es una artista que desde hace algunos años escribe poemas y relata en verso su vida y la de su gente: “Cuando tenía ocho años, su padre se la llevaba, a que le echara una mano y las ovejas guardara”, “Su madre sacó un billete y con lágrimas en los ojos a la estación la llevaba, la niña cogía el tren y para Madrid se marchaba”. Son dos de las estrofas que nos regala cuando recuerda sus primeros pasos por su sencilla y orgullosa vida.
Una guerra: un caso, un conflicto, un instante
Marina describe retazos e instantes que marcaron su infancia en plena Guerra Civil y en la posguerra con la firme convicción de que “gente mala hubo en los dos bandos y gente buena también; nunca debió haber ni vencedores, ni vencidos”. El campo de batalla arrebató muchas vidas, pero casi duelen más las que se fueron fruto de la envidia, el rencor y las sospechas que surgieron entre la gente incluso del mismo pueblo. Marina recuerda y reflexiona para no caer otra vez en el mismo horror.
Un viaje en clase turista
El 10 de marzo de 1961 Carmen se fue con una maleta de cartón y su marido Félix a trabajar a Francia. El larguísimo viaje en tren sobre un duro asiento de madera, los intensos controles en la aduana francesa, un idioma que no entendía, un entorno nuevo, el saber que estarás fuera de tu país y alejada de tu gente medio año… Todo se mezcla al recordar su etapa de emigrante en la que, como no ha parado de hacer durante toda su vida, trabajó sirviendo a los demás.
El hombre y el caballo
Es posible que a veces no nos acordemos de cosas tan simples como, por ejemplo, el libro que leímos hace un mes, la película que vimos hace una semana o simplemente qué cenamos anoche. Es posible que, en cambio, podamos acordarnos al detalle de una historia que oímos de pequeños, pongamos hace unos setenta años, y que nos haya acompañado toda nuestra vida. Cuando le pregunté a Nieves qué quería contar, contestó rápidamente: “La historia del hombre y el caballo”.
La esencia de la felicidad
Escuchando a Josefina sientes alegría al darte cuenta de que la vida vale la pena, con sus rutinas y con sus sorpresas, con veintitantos años o con 80, que siempre nos está ofreciendo cosas maravillosas. Josefina se llena de felicidad al recordar su infancia, ese tiempo que tantas alegrías le dio. Fascina su capacidad para recordar el pasado sin dejar de sonreír, sin nostalgia ni pesar. Josefina tiene 80 años y ha sabido encontrar, en cada instante, la esencia de la felicidad.
Ya no son las colonias por lo que se llora
Los jóvenes de los años veinte también tuvieron ‘su guerra’. En nombre de las colonias, una tierra que la mayoría nunca había visto y de la que pocas veces habían oído hablar, fueron arrancados de sus hogares, del abrazo de sus mujeres o incluso del de sus madres y enrolados hacia ‘el Nuevo Mundo’. Uno de ellos fue Santos Sandoval, el abuelo de Octavio. Muchos murieron en Cuba y dejaron allí su juventud; al volver, muchos murieron, unos se enquistaron en su pérdida, y otros, como Santos, decidieron vivir y seguir adelante con lo que habían dejado aquí.
Mi escalera
A Daría su padre le aconsejaba: “El leer y escribir son como una escalera, hay que subirla despacio, un escalón detrás de otro, y así se aprende sin darse cuenta uno”. Fue el germen de una vocación por la lectura y la escritura que no ha abandonado a lo largo de su vida pese a discurrir por los caminos previstos: casarse, tener hijos, educarlos, cuidar a los padres… Ya jubilada continúa subiendo esa escalera.
Una vida consagrada a un barrio
Don Luis Herrando Carod ha dedicado toda su vida a mejorar su barrio, el Barrio de la Paz de Zaragoza, para el disfrute de todos. Un ejemplo de tenacidad y constancia que debe ser conocido. Cuando llegó a él en 1953, no había ni luz ni agua corriente; desde entonces no ha parado de luchar a través de Cáritas, la Hermandad Parroquial, la Alcaldía Pedánea o la Asociación de Vecinos que él mismo creo. El reconocimiento y cariño de sus convecinos son la mejor recompensa a tanto esfuerzo.
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