Una simple mirada
A Manoli le tocó presenciar todos los horrores de la guerra. La muerte de su padre y su hermano, las envidias de su pueblo, su marcha de él, quedar marcada como hija de republicano y convivir con una madre “muerta en vida”. El sufrimiento de tantos años se curó con el amor de un hombre, un hombre que la hizo la mujer más feliz del mundo, y con una ilusión por vivir que la permite vencer cualquier obstáculo.
La nena que odiaba las alcachofas
Tras el inicial “No tengo nada que contar”, la vida de Josefa es un ir y venir de experiencias en las que no falta la suerte de haber encontrado al amor de su vida o las virguerías para llegar a fin de mes trabajando desde en un quiosco a una fábrica de alcachofas, que ahora no puede ni ver. Coqueta y con la televisiva señora Fletcher como icono de elegancia, Josefa nos desvela el secreto de la vida: las pequeñas cosas son las que dan placer.
Sonreir a los problemas
Ni la Guerra Civil, ni sus enfermedades, ni la dureza de la emigración, ni siquiera la muerte de su marido han podido borrarle a Rosario, Sari para los amigos, la sonrisa de su boca para siempre. Es su antídoto ante los problemas. Un método infalible que, junto a su poder de persuasión para conseguir todo lo que se propone, le proporciona la fuerza vital necesaria para seguir adelante y encontrar siempre soluciones.
Bienvenido a la vida
Paco volvió a nacer en 2002. Taxista de profesión su vida dio un frenazo inesperado cuando tuvo un derrame cerebral. Cuando se puso en marcha de nuevo, se dio cuenta de que ya nada era igual; lejos del estrés de la vida diaria, reconoce que su mujer Bienvenida, sus hijos y sus nietos le dan todo lo que necesitaba. Ahora es feliz pintando, y muestra orgulloso uno de sus óleos con colores vivos, alegres, un reflejo de su forma de ver la vida.
“¡Ahí va la Carmen!”
Carmen fue adelantada para su tiempo: trabajadora, sindicalista, soltera convencida, atrevida en su forma de vestir, pantalones incluidos… Esa libertad no era entendida por su entorno que la incitaba a volver al redil, pero Carmen no cedió al estereotipo de la época y siguió llevando la vida que ella quería llevar. Por eso hoy en día es una mujer libre, feliz y orgullosa de su vida.
El pequeño Moisés
La crecida del río Turia en Valencia el 14 de octubre de 1957 dejó la estela de 89 personas muertas y muchos hogares destruidos. Vicenta vivió como todos los valencianos con angustia lo ocurrido, pero decidió no sólo compadecer a las víctimas, sino actuar. Así es como el pequeño Juan entró en su vida, como un Moisés necesitado de amor y consuelo que encontró en Vicenta el cariño que anhelaba. Es la historia de una heroína anónima que cambió la vida de un niño.
Felices años 30
“Fui tan feliz con tan poco, que no comprendo cómo ahora se siente uno desdichado con tanto”. Abilia se refiere a su infancia en un pequeño pueblo de Ávila, Hoyos de Miguel Muñoz. Y nos relata dos instantes mágicos, uno cuando su padre colocó en el prado donde le había mandado ir a cuidar al ganado una polvera para que ella la descubriera como regalo por ser una niña tan obediente, y otro cuando, junto a su hermana y con apenas seis años ayudó a parir a una cabra negra que querían mucho.
Nos vemos en la romería
Serena por fuera, pero un huracán por dentro. Así es María López, una mujer de raza, una mujer de mezcla. Una persona con pasado y futuro y, ante todo, muchas ganas de disfrutar del presente. María recuerda un viaje al pequeño pueblo granadino de Moclín para cumplir una antigua promesa hecha a su padre: acudir a la romería del Cristo del Paño. Allí contó con la inesperada compañía de un extraño que durante un tiempo fue importante en su vida.
Mil historias que contar
Carmen me divide su vida en dos partes: su triste niñez y el resto, que podría llamarse “desde que apareció David”, su marido. Carmen me dice que le hubiera gustado haber disfrutado de niña tanto como disfruta ahora. Además de dedicar su tiempo a la pintura, el yoga y la escritura creativa, valora lo cotidiano del pasear con su marido por las mañanas o el darse un beso en el ascensor. Y es que lleva compartiendo con él 44 años de felicidad. ¿La fórmula? Poner cada uno de su parte.
Consuelo desconsolada
En aquellos tiempos no existían facilidades para separarse. Así, Consuelo tenía que soportar malos tratos e insultos de su marido. En la Iglesia le decían que no se podía separar porque él entonces no trabajaba y los niños acabarían en un reformatorio. Su madre también le pedía que no se separara: “¡Qué diría la gente!”. Consuelo lleva 17 años separada y, aunque al principio estuvo deprimida, pronto recuperó la alegría y las ganas de vivir que desde pequeña había tenido.