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Georges Rouault (París, 1871-1958) es autor de una obra de profunda carga espiritual e intensamente dramática. Compañero de estudios de Henri Matisse y Albert Marquet, con quien expone en la mítica exhibición de 1905 que da nombre al fauvismo, su obra sigue un camino personal, al margen de los movimientos de vanguardia. No obstante, pese a su aislamiento voluntario respecto a las corrientes artísticas de la primera mitad del siglo XX, Rouault gozó en las últimas décadas de su vida de gran prestigio entre sus coetáneos. |
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Formado en el taller de Gustave Moreau, comienza a pintar temas bíblicos (Job, 1892) y paisajes (Paysage de nuit, 1897), que obtienen cierto reconocimiento con varios premios. A partir de 1898, tras la profunda crisis que le ocasiona la muerte de su profesor y maestro espiritual, rechaza las propuestas que recibe desde los circuitos oficiales, optando por una carrera independiente, en la que se orienta hacia temas más cercanos a la realidad social: prostitutas (Odalisque, 1906), gentes de circo y la commedia dell'arte (Polichinelle, 1910), escenas judiciales (L'accusé, 1907) o personajes marginales de barrios pobres.
Bajo la influencia de escritores como Léon Bloy, Joris-Karl Huysmans y Jacques Maritain, Rouault descubre en el cristianismo la única vía posible de renovación intelectual. En los marginados, desplazados y excluidos (Hiver III, 1910) ve una invocación a los sufrimientos de Cristo y la realidad concreta del Evangelio. Las obras de este periodo están impregnadas de la inmensa tristeza y profunda piedad que Rouault manifiesta por esos personajes. |
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Después de 1917 y a lo largo del periodo de entreguerras, el grabado ocupó un lugar importante en su producción. Entre las numerosas series que Georges Rouault realizó, destaca por su calidad y contundencia el Miserere, uno de los grandes hitos de la gráfica contemporánea y síntesis de toda su obrea. La muerte de su padre y el trauma por los horrores de la Primera Guerra Mundial, le empujan a crear esta obra monumental donde el tema religioso y el profano: uno atado a la vivencia del Cristo sufriente, emblema y símbolo de toda la tragedia humana, y el otro dedicado a los avatares de la existencia del hombre durante su peregrinaje de padecimiento en la tierra, con el trágico eco de la guerra como trasfondo. |
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Su pintura, a partir de este momento se centra en la figura de Cristo (Christ en croix, 1920), tratando de inspirarse cada vez más en temas sacros, principalmente en la Pasión (Christ aux outrages, c. 1930). Aun manteniendo algunos temas, como es el caso de los payasos (Le clown blessé, 1932) y jueces (Juges, 1936), dedicará gran parte de su producción a representar paisajes bíblicos (Christ et pêcheurs, 1937), fruto de una visión profundamente espiritual.
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Abandona gradualmente la acuarela y el gouache para dedicarse con mayor intensidad a la pintura al óleo. Poco a poco, el realismo caricaturesco de sus primeras obras cedió el paso a una esquematización de las formas, con una paleta más empastada. El rostro de sus personajes va perdiendo el aire grotesco y desesperado a cambio de una expresión más serena (Songe creux, 1946). En sus últimos tiempos intensifica la gama cromática, al acentuar los colores más vivos y disminuir la constante presencia del negro (Sarah, 1956). Su obra adquiere una nueva luminosidad y serenidad que quedarán reflejadas, sobretodo, en los paisajes bíblicos.
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